“¿Esto cuándo sale?”


Esa frase persigue diariamente a muchos periodistas que se dedican a entrevistar a gente normal para denunciar alguna injusticia en la que viven o bien para destacar alguna proeza puntual. Cuando digo gente normal me refiero a gente de a pie, trabajadora, que no vive de los medios. Vamos, como tú y como yo (no creo que me lea nadie tan mediático -¡Oh, redactor jefe X, si estás ahí, manifiéstate!-). En definitiva, sería la fórmula de programas como Andalucía Directo o similares formatos en el que Paqui o Manolo abren las puertas de su casa a millones de espectadores buscando, generalmente, una solución a su desgracia sea del tipo que fuere.

Ciertamente, este tipo de periodismo, al que llaman social, humano o de denuncia, puede a veces caer en el amarillismo, por desgracia. Se me vienen a la mente infinidad de casos, casi todos relacionados con Tele5, curiosamente, pero que se extienden por toda nuestra programación diaria.

La cuestión es que me veo inmersa en un debate ético-profesional bastante profundo que me hace preferir según qué cosa dependiendo del día. En un anterior post, ‘2011: odisea en la nube’ reflexionaba sobre la importancia de internet y las nuevas tecnologías para el mundo del periodismo, y ciertamente concluía que ha habido un cambio importante en el quehacer profesional y que debemos ir al compás de los tiempos.

Sin embargo, el otro día leía en el diario Público una noticia, “El periodismo es más necesario que nunca”, que parecía un alegato contra el digamos nuevo modelo de información imperante en la red.

El periodismo y los periodistas viven años de incertidumbre. La crisis del modelo provocada por la irrupción de las nuevas tecnologías (redes sociales e internet) afecta a la raíz misma de los medios de comunicación, y amenaza al futuro de la profesión.

No puedo más que sumarme a esa incertidumbre, de eso trata este blog. Pero difiero con él en que los nuevos medios sean la causa de la actual crisis del modelo. Los causantes somos nosotros mismos, románticos y anquilosados, que a duras penas vamos más allá para adoptar nuevas herramientas. Además de la precariedad a la que nos vemos sometidos, que eso es otra cuestión, por no hablar de cuánto vale nuestro tiempo, tan sólo superable creo que por el de los médicos, por aquello de la inmediatez que se nos exige.

Sin embargo, he de decir, que salvo en este punto, estoy de acuerdo en la mayoría de lo que postula. Entiendo que es el momento de distinguir entre comunicar e informar.

la imitación de los contenidos en las ediciones digitales de la prensa provoca la creación de una “agenda común” que “rompe el carácter exclusivo de las primicias” y “aumenta el clonado de los aciertos y errores que “quiebra definitivamente” la identidad del medio. De hecho, “más cantidad de información disponible en la prensa digital no significa mayor variedad y pluralidad”. Como ejemplo, un dato relevante: el 80% de todas las noticias que circulan por internet proceden de la prensa.

He aquí el quid de la cuestión. Periodismo no es twittear. Hay periodistas sin twitter, no twitteros que por ser tales sean periodistas. En todo caso, se comunicarán con cierto afán de informar, pero no nos confundamos, no lo son tal. Eso requiere una formación, y cada vez que veo el término periodista aplicado a casos como estos, no puedo evitar sentir rabia por lo que considero una vulgarización -entiéndase como universalización falsa- de esta actividad.

Creo que por eso hay tanta confusión, falta de credibilidad y desprestigio, porque juntamos churras con merinas. La tan de moda profesión de community manager es otra cosa. Lo que ocurre es que los periodistas somos recurrentes para ocupar estos puestos, pero el periodismo, eso es otro mundo. Por eso, no todo el mundo sabe hacer periodismo.

Ciertamente, no temo que desaparezca mi tan amada profesión como opina Díaz Nosty en la información, con el que coincido, sino que también comparto con él el afirmar que se hace más necesaria que nunca para marcar pautas de calidad y rigurosidad.

No soy tan radical al pensar que “El periodista que vea en internet un competidor es que no sabe lo que es internet”, como opina Felipe Sahagún, miembro del Consejo Editorial de El Mundo, pero no puedo evitar al escucharlo sentirme más fuerte y menos temerosa ante no ya una amenaza, sino un cambio de patrón que trae consigo confusión.

Pero lo que, sin ninguna duda, me hace sentir orgullosa de lo que soy es saber que el periodismo sigue siendo útil para los ciudadanos, ese periodismo clásico de negro sobre blanco. Su carácter reivindicativo, de denuncia, de cercanía con el ciudadano, ese hablar con Paqui o Manolo como antes decía, y por qué no decirlo, el halo de poder que lo rodean como agente de cambio, embelesan. Sirva de ejemplo esta información que tiene como protagonista a un compañero de trabajo. No haremos TT ni tendremos muchos followers, pero seguimos haciendo lo que nos es propio, denunciar realidades para cambiarlas y eso ni internet ni nadie nos lo puede quitar.

Además de que somos causantes de esa graciosa frase que da nombre a esta entrada y que tiene por finalidad última que nuestros progenitores nos vean. Lo clásico, como me decían en el colegio, era lo que no pasaba de moda. Y así es el periodismo, cuestiones de tendencias aparte.

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