Invisible


Si uno abandona la primera línea por la comodidad de la retaguardia, sabes que puedes llegar a desaparecer. Entre no estar o simplemente que estés y no se te vea, no hay tanta diferencia.

Lo sé bien porque esa sensación viene conmigo desde hace cerca de un año, cuando me senté tras una mesa y no delante, y dejé de apuntar en mi cuaderno aquello que quería preguntar para escribir directamente las respuestas, sin preguntas previas. Gabinetear, lo llaman.

Ante una inminente huelga general, un caso Malaya o unas elecciones municipales una se pregunta, ¿qué me importan a mí? Actualmente, nada. En ninguno de estos tres casos recupero la visibilidad. Ni en ellos ni en ninguno. Cuando dejas de ser persona para ser empresa suele pasarte que lo que tú deseas ya no importa: se impone el plural mayestático. Es lógico.

El problema viene ahora de la mano del ego periodístico: necesitamos que se nos vea. Sinceramente, es así, pecamos de presumidos, pero es nuestra necesidad profesional. Como he dicho otras veces, si no estás, si no se te ve, no existes en este mundo.

El otro día en un curso de recursos humanos 2.0. al que acudí me insistieron mucho en la creación de una identidad digital. Yo, que soy una analfabeta en este campo de los RRHH (aunque estoy aprendiendo creo a buen ritmo, cosa que agradezco a los compis que me están introduciendo a esto) y no sé si más o en todo caso igual de ignorante en las cuestiones digitales, imagino que tiene algo que ver con ser visible, pero en este caso en la red. Pensé que si realmente el mundo se mueve por ahí, que así parecer ser, mi visibilidad no aumenta. Puede que sea más tangible a efectos de redes sociales, pero poco más.

No obstante, en casos de síntomas de invisibilidad crónica, enfermedad que vengo padeciendo desde hace algún tiempo, siempre recurro a mi querido El Correo de Andalucía, donde parece que vuelvo a la vida. Identidad digital o no, parece que aquí sí que tengo identidad personal. Como quien necesita su dosis de antibióticos o incluso morfina para calmar el dolor, yo acudo a mi farmacia particular, en mi caso el buscador de la web, para inyectarme en vena el recuerdo de titulares cuya firma se me atribuye. Sí, en otra vida, yo no era invisible.

Siempre me quedará esta automedicación en caso de extrema gravedad, aunque como bien dice la tele (¡oh,fuente de infinita sapiencia!) es mejor consultar con tu farmacéutico. Chema, me debes entonces un café.

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