La información ¿es poder?


Anoche estaba en una cervecería con unos amigos cuando a mí volvió esa sensación ególatra que envuelve a todo periodista cuando maneja un dato que la mayoría ignora. En cierta manera, y no es malo confesarlo, a todos nos gusta que nos alaben por manejar ciertos tecnicismos o vocablos que casi nadie usa en la actualidad, o que ni siquiera existen en la mente de muchos.

Al adentrarnos en el mundo del urbanismo, tan cercano por suerte o por desgracia a la política, la palabra por excelencia de todo periodista es “PGOU”, cuya simple pronunciación hace poner en órbita los ojos de los que la oyen. Cuando nos la llevamos a la boca se nos llena el espíritu con cada fonema del más popularmente conocido como “Plan General de Ordenación Urbana”. O más bien, nos relamemos al saber que más allá de unas simples siglas existe todo un jugoso entramado de tejemanejes políticos y económicos… que nos achacan conocer.

Concretamente me pasa con una VPO que he adquirido recientemente (gracias a la colaboración familiar, porque con mi sueldo -¿qué es eso?- es imposible). Se nos presupone desde el principio que debemos conocer todo cuanto nos rodea. En teoría, así debiera ser, pero teniendo en cuenta el sinfín de acontecimientos y objetos que existen, ¿quién puede esperar que un periodista lo sepa todo? Pues todo el mundo, y he ahí el error.

¿Sabe un ingeniero absolutamente todo de su especialidad? ¿Y un abogado? Con todos mis respetos y desde la ignorancia, no. Y es normal, porque si no, no veríamos esos despachos llenos de libros, que aunque a veces sirven de elementos decorativos, no son más que conocimientos específicos para consultar llegada tal situación.

Por suerte o por desgracia, la materia prima del trabajo del periodista no aparece recogida en ningún manual. Simplemente porque bebemos de una fuente inagotable que existe, sí, pero que aún no está escrita como tal, ya que nuestra labor es precisamente esa, escribirla.

No obstante algunos, aquellos que más que unos estebanistas de pura cepa nos consideran todolosabistas por excelencia, siguen colgándonos el sanbenito del conocimiento universal. No nos engañemos, no lo sabemos todo, es más, no sabemos en muchas ocasiones más que el resto. Pecamos de orgullosos si no lo reconocemos.

Pues bien, en la materia de VPO, yo al parecer soy la más docta del lugar. “Soy periodista, es mi trabajo”. Sí, pero no. Saber qué se cuece tras una inversión millonaria (hablando en las antiguas pesetas) no es un trabajo en sí, sino más bien una obligación lógica que viene aparejada a cualquier riesgo financiero. He descolgado el teléfono haciendo uso de algunos contactos, cierto es, pero en calidad de ciudadana, no de periodista. Y he recibido un trato como tal, como cualquier ciudadana que pide información. Recuerdo que hay cierta documentación que es de carácter público, y ésta, la de un PGOU lo es por propio principio de transparencia democrática, que es lo mínimo exigible en estos casos, aunque en ocasiones no sea una realidad tangible.

En este sentido, a veces me debato entre publicar ciertas cosas o no hacerlo. Hasta el día de hoy no lo he hecho y, curiosamente, ésta es la primera y creo que la última mención que hago del tema. ¿Por qué, si es mi deber comunicar lo que sé para hacer un bien general? Sencillamente porque en el momento en que las cosas afectan directamente a uno mismo el punto de vista se atrofia. Lamento no ser oportunista si tengo en mis manos la exclusiva de mi vida, pero siento ser, además de periodista, una persona de carne y hueso. Aquí mi interés entra en el plano de lo personal más que de lo profesional, de conocer cuanto ahora sé no para venderlo, sino para asegurar mi futuro, algo que considero digno. Puedo no ser una gran profesional, lo confieso, pero soy como diría Bergatín “sujeto” y no “objeto”, por lo que la subjetividad en esta cuestión lo impregnaría todo.

Aún haciendo ejercicio de conciencia para evitarlo, no nos engañemos, si no se lo doy yo, otros le darían el sesgo deseado al conocerme parte directamente interesada. La información, en términos generales, nos afecta a todos, pero ésta lo haría de manera descaradamente directa.

Retomando el título de este post, la información es claramente poder, y como tal, así puede ser ejercido. Sin embargo, en mi calidad de freelance lo único que puedo permitirme es la licencia de tener libertad para decidir qué vendo o no, y no deseo ejercer mi poder simplemente por eso, por ejercerlo.  Somos arrogantes por naturalezas, sometedores natos, y a día de hoy la información se paga, y no siempre a mal precio.

Lejos de todo eso, yo sigo prefiriendo ejercer mi poder con una bebida en la mano, mientras comento este tipo de cosas entre amigos, lejos de foros públicos. Al fin y al cabo, no oculto ningún dato, tan sólo lo comunico a quien le interesa sin hacer escarnio público. Mi defecto profesional quizás sea ese, no hacer leña del árbol caído, pero nunca me gustó. Prefiero seleccionar a mi público y adaptar el mensaje directamente para ellos. A fin de cuentas, eso también en periodismo: seleccionar tu mensaje y enviárselo a tu público objetivo, a tu target. Mis amigos valoran esta opción, mis compañeros, quizás no. Por eso algunos son grandes reporteros mientras yo sólo escribo en este blog.

Siempre ha habido clases, y el poder de la información, a día de hoy, en este mundillo es la clave diferenciadora.

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2 pensamientos en “La información ¿es poder?

  1. El poder que otorga la información no sólo deviene de lo que se dice, sino también, y en gran parte, de lo que se calla.

    Y no creas que no hacer leña del árbol caído es un defecto. Al contrario: es toda una virtud. Lo es per se, y lo es mucho más en estos tiempos de aves de rapiña disfrazadas de defensores de la ciudadanía.

    Genial.

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